Al hablar de violencia contra las mujeres, el punto estratégico ha de ser la prevención. ¿En qué consiste el círculo de la violencia? ¿Por qué algunas mujeres aguantan una situación que las lacera física y emocionalmente? Esto y más pretendemos abordar en estas páginas.
La violencia no es un mal irremediable. Es posible generar un ambiente cálido y respetuoso en la familia cuando sus miembros se desarrollan libres de agresiones físicas, verbales o sexuales.
El amor y la comunicación son su más infalible antídoto. No hay otra manera de lograr un ambiente donde niñas y niños crezcan sanos, ajenos a golpes y gritos, y es la única fórmula de parar esa malsana «herencia» que nada tiene que ver con la genética.
Sin embargo, este no es sólo un problema familiar: la escuela debe fortalecer, en la niñez, lo repudiable que es la violencia en todas sus manifestaciones, y en particular contra las mujeres. Fomentar y poner en práctica, cada día, opciones respetuosas y solidarias de relación entre niños y niñas. La comunidad debe participar más y dejar a un lado la actitud paralizante ante el criterio demasiado arraigado de que «entre marido y mujer, nadie se debe meter».
Abanico de agresiones
La socióloga Clotilde Proveyer pone los puntos sobre las íes acerca de este tema, que involucra a la sociedad toda. Empieza explicando algo que mucha gente no sabe: porqué se habla de violencia contra las mujeres y no de violencia solamente.
No es menos cierto que se producen interacciones violentas entre hombres y mujeres, pero no es común. A nivel internacional hay un uno por ciento de parejas en las que la mujer ejerce la violencia contra el hombre, un 23 en las que, cuando uno agrede, el otro responde y se produce una interacción sin que se pueda determinar un actor específico. Y en el otro 76 por ciento, el maltrato del hombre hacia su compañera. Es un porcentaje demasiado grande, que marca claramente la violencia que se produce contra la mujer a escala mundial.
Esta violencia refleja una relación de poder. El hombre ejerce la violencia contra la mujer o para mantener el control, el dominio sobre lo que considera alguien de su propiedad, o cuando ella intenta moverse de la condición de subordinación.
Cuando se habla de esta forma de violencia, en la relación de pareja, no podemos hablar de un hecho aislado; es un problema social que afecta a sectores importantes de mujeres en el mundo entero, porque la violencia no es sólo aquella que se manifiesta por golpes, sino que tiene un rango que va desde la más sutil, que puede ser un silencio, un silencio desconocedor, un gesto, una frase humillante, hasta la agresión que genere la muerte o la incapacidad de la persona agredida.
Rezagos de la cultural patriarcal
En nuestro país persiste una contradicción que no es exclusiva de Cuba y es aquella que se da entre el protagonismo cada vez mayor de las mujeres en el espacio social, extradoméstico y la conservación de su papel subordinado en las relaciones de pareja, al interior de la familia, o sea, en el espacio doméstico.
No obstante, en Cuba se puede hablar de una hibridez en la cual coexisten los rasgos tradicionales de la identidad femenina con características nuevas que van ya desplazando las posiciones de subordinación.
Pero la cultura patriarcal es muy fuerte, está muy acendrada en la forma en cómo vivimos, el ser mujer o el ser hombre y, por lo tanto, transformar esas concepciones que a lo largo de la historia vamos incorporando con la socialización, esa que nos educa en sus culturas escindidas y diferentes, que nos obliga al ejercicio de papeles distintos y contrapuestos en vez de una socialización que pueda contribuir al diálogo, al encuentro. En esas condiciones es muy difícil hablar o poder afirmar que en el país es posible la eliminación total de la violencia contra la mujer, aunque se han dado pasos importantes.
Hemos constatado que hay una disminución, desde el punto de vista cuantitativo, con respecto a otros países, sobre todo de la violencia más sádica, la más cruenta, que es la física y el asesinato. Pero la más común en nuestro medio es la violencia sutil, psicológica, la emocional, la que marca una galería de humillaciones.
Otro argumento que muchas veces se cuestiona es en torno a la violencia como un hecho de naturaleza, es decir: el hombre golpea a la mujer porque tiene trastornos de la personalidad, trastornos psiquiátricos, debe ser un loco, un drogadicto o un alcohólico, y acudimos a una serie de mitos que funcionan socialmente para justificar la violencia en la relación de pareja, en la familia, pero las investigaciones han demostrado que como la violencia está basada en una relación de poder no necesita para su legitimación de ninguna patología, desviación, trastorno, sino que en la práctica, el perfil de los hombres maltratadores es similar al de cualquier hombre que no es maltratador.
Una cadena sin fin
Hay un conjunto de elementos que muchas veces generan dependencia de la mujer al hombre y la hacen mantener una posición de subordinación, además de que la tradición, cultura y la edad se encargan de reproducir esa cadena sin fin mediante la socialización. Por ello, no sólo es dañina para quienes la padecen directamente, sino también para quienes son espectadores o receptores indirectos de la violencia en el hogar:
Las hijas y los hijos que viven en familias donde la madre es víctima de violencia tienen mayores posibilidades de ser ellos mismos maltratadores en el futuro, o de desarrollar personalidades con problemas de comunicación, con retraimiento y dificultad para la relación interpersonal y, además, generalmente, se producen trastornos de dislexia, de aprendizaje, o sea, una cantidad de secuelas enormes que produce en la salud física y mental de los menores el vivir en hogares donde la forma en la que interactúan los padres, sobre todo el padre con la madre, es la del ejercicio de la violencia.
Está demostrado científicamente que, cuando un hombre ejerce violencia contra una mujer, esta acumula rabia, impotencia, frustración y la descarga contra quien es más débil que ella. Al no poder descargarla contra el hombre, porque está en desventaja, es entonces el niño o la niña quien recibe el maltrato de esa madre que es maltratada. Se generan enormes traumas en esos infantes al ver a su padre agrediendo a su mamá, además del trauma que significa recibir de parte de su mamá un tratamiento abusivo. Es la cadena sin fin cuyos costos sociales, a largo plazo, son incalculables, además de los que puede producir desde el punto de vista médico, psicológico, económico, por lesiones, incapacidades y otro tipo de problemas de salud.
El ciclo de la violencia
Una mujer soporta el maltrato porque, tiene dependencia económica, emocional o miedo.
El miedo que la paraliza cuando es sometida a ciclos repetidos de violencia va anulando su autoestima, distanciándola del contacto con la realidad objetiva e incapacitándola para poder encontrar, por sí sola, la salida al maltrato que padece.
Por tales razones, los especialistas explican que una mujer, cuando está en una situación de violencia sostenida, no puede por ella misma romper este ciclo. Necesita ayuda. Un apoyo exterior de la familia, de los profesionales, del ecosistema que la rodea; para aprender a autocuidarse, a recuperar su autoestima, para comprender que ella sí es capaz de enfrentar el maltrato de que es objeto y que ella sí puede ponerle fin.
Fases de un ciclo
En no pocas relaciones que se vuelven violentas es frecuente que el primer ataque aparezca como un hecho aislado. Pero, en muchos casos, se desarrolla el ciclo de la violencia descrito por Leonore Walker psicóloga norteamericana, la cual lo describió en tres fases:
Acumulación de tensión: enojo, discusiones, acusaciones, maldecir.
Explosión de la violencia: pegar, cachetear, patear, herir, abuso sexual, abuso verbal y puede llegar hasta el homicidio.
Período de calma: que también se le dice de luna de miel o de reconciliación, el hombre niega la violencia, pone pretextos, se disculpa o promete que no va a volver a suceder.
ESTE CICLO SE REPITE, ALGUNOS EJEMPLOS DE VIOLENCIA DOMÉSTICA
· Pegar, golpear, abofetear, quemar, apuñalar o disparar a un miembro de la familia.
· Insultar a alguien, tratarla sin respeto o avergonzarla; culparla sin razón.
· Hacer amenazas violentas.
· Forzar a una mujer a tener relaciones sexuales, mirar o participar en actividades sexuales en contra de su voluntad.
· No permitir a una mujer salir o visitar a su familia y amistades; enterarse de todos los lugares donde va, no dejarla trabajar fuera de la casa.
· Amenazarla con retirarle el apoyo emocional o financiero.
· Malgastar el dinero cuando la familia lo necesita.
· Forzar a alguien a trabajar y quitarle el salario. Alimentar a las mujeres con menos comida que al resto de la familia.
Entre culpas y perdones
Ciertas mujeres, después de ser agredidas, van a la estación de policía y hacen la denuncia pero, al otro día, retiran la acusación; entonces la justicia no puede hacer nada. Este es un problema muy complejo porque ellas buscan ayuda en el momento en que se sienten indefensas. Se reconoce que el diez por ciento de quienes padecen maltrato buscan asistencia externa, o sea, apenas la punta del iceberg.
Cuando buscan la ayuda, después comienza el sentimiento de culpa, porque así se manifiesta el ciclo de la violencia: después del momento de la tensión y del acto violento, el hombre se arrepiente, dice que no lo va a hacer nunca más, le promete villas y castillos, le dice que ella lo provocó, que él perdió los estribos por lo que ella es la culpable; él se arrepiente y promete no hacerlo nunca más. Y la mujer confía porque quiere creer o porque necesita creer.
Ese ciclo se va repitiendo una y otra vez; hasta instalarse en la cotidianidad de la relación de pareja. La repetición del ciclo de la violencia se consolida hasta que la mujer recibe ayuda y encuentra la posibilidad, el crecimiento personal que necesita una maltratada para poder poner fin a la violencia. Es totalmente falsa la creencia de que a las mujeres les gusta que las maltraten. Son los resortes externos los que las obligan a quedarse. Muchas veces habla con una amiga o un familiar y le aconsejan: «¿Pero tú lo vas a dejar? Es el padre de tus hijos. ¿Qué vas a hacer sola? El va a cambiar, aguanta un poquito».
Es posible que una mujer, en un momento determinado, pueda ser responsable de alguna problemática en la relación de pareja, pero nada justifica el ejercicio de la violencia, en ninguna de sus formas. Si la humanidad ha llegado hasta hoy es porque ha prevalecido para la supervivencia de nuestra especie la solidaridad, la comunicación, el espíritu de ayuda, que es lo que permite que los humanos no nos destruyamos los unos a los otros; y como especie desaparecer.
De lo que se trata es de buscar las vías para que la educación entre los géneros confluya en la solidaridad, el respeto al otro. De ese paradigma que se ha dado en llamar la terapia de reencuentro, cuya tesis fundamental está centrada en que la vida es como un viaje que cada cual debe hacer solo, pero que resulta muy grato hacerlo acompañado.
Articulo publicado por: Por Aloyma Ravelo en